El desperdicio y la IA

Habiendo trabajado en empresas de automoción con principios LEAN siendo el eje de cada actuación, habiendo identificado y desarrollado comportamientos LEAN para que las personas nutran las metodologías LEAN, habiendo trabajado sobre mudas en la gestión de los equipos para desplegar en la operativa acciones consistentes con LEAN, viene la IA como versión avanzada de “ajuste”.

Empiezo a tener dudas de si se trata de una aplicación (o de muchas), de una metodología, de una cultura, de un sistema (o de varios)… por todos los discursos que giran a su alrededor.

La IA ya está aquí. Y muchas personas hablan de ella, de sus beneficios y de las enormes ventajas, de su rapidez y la eficacia de sus procesos, del ahorro de costes, de lo que es capaz de hacer con garantías y consistencia, de la minimización de errores (lo dejamos en minimización aunque algún optimista casi hablaría de su condición de infalible, olvidando los sesgos de las personas “algorítmicas” entre otras cuestiones). Con estos argumentos poco se puede decir en su contra.

Démonos prisa, para no quedarnos atrás, si no sabes, si no aplicas, si no te adelantas, estás perdido. Podría aplicarse aquella campaña publicitaria de unos grandes almacenes para representar esta situación.

Ganas rapidez en la respuesta, eliminas tareas de poco valor añadido, gestionas volúmenes ingentes de información (el volumen ahora importa poco, la respuesta es inmediata), también realiza actividades que pueden ser valor añadido, puedes proponerle actividades que te dan pereza o no te satisfacen (esta es una propuesta maravillosamente adolescente, con todo mi aprecio para esa época vital en la que se está buscando un lugar, una identidad, un sueño y muchas más cosas). No seas tonto.

Y entonces, esas conversaciones que mantienes con tu responsable que no llevan a ningún sitio porque parece que habláis en idiomas distintos; esas situaciones de vulnerabilidad y de duda que algún compañero sufre y ofrecemos soporte para que las aborde o no; esos programas para trabajar metodologías que afronten los errores, poniendo el eje en el cuidado de las personas, no como enfoque paternal/maternal, sino desde la construcción de soluciones y oportunidades; esos momentos en que dedicas tiempo (lo regalas) a una persona que necesita ser escuchada; esa comprensión del responsable cuando una colaboradora vive una situación personal complicada (que suele tener siempre un principio y un fin); esas acciones que incrementan la confianza mutua, a saber cuándo la veremos; esa propuesta por fomentar la colaboración y la cooperación entre las personas, que podría generar bienestar,… quizá sean desperdicio.

Estas acciones suponen impacto a medio y/o largo plazo, no está claro del todo cuál es ese impacto (vivimos en entornos BANI). Pasadas por el tamiz de la eficacia y de la optimización, más de una deja mucho que desear en este sentido. Cada una de ellas supone una dedicación de tiempo (inversión, gasto, regalo, ofrecimiento) que pudiera parecer excesivo, para el retorno (inmediato) que reporta.

Como todavía no sé si la IA (aplicación, cultura, metodología o lo que sea) es una variante del LEAN, pero pudiera parecerlo porque algunos (no todos) de sus principios comparten, llego a una conclusión leyendo argumentos IA: las personas somos desperdicio (tiempos, errores y talento, al menos estos tres parecen evidentes).

Ahora bien  ¿qué consecuencias supone desprendemos de estos desperdicios, de la cantidad de desperdicio que “generan” las personas? Perdón, por plantear una cuestión que transciende el corto plazo, en qué estaría pensando.

Si alguien se inquietara por alguna respuesta a la pregunta anterior, no hay que temer nada, alguien a tu lado te susurraría “para eso también hay una aplicación de IA muy desarrollada y de grandísima calidad de respuesta. Está avalada por científicos/as”.

Voy tarde, allá adonde vaya.

Esta palabras han sido dibujadas, en varios borradores con tachones y sobreescrituras, por una pluma Faber Castell en un cuaderno  Moleskine punteado, en la terraza de mi casa a una temperatura estupenda. Un desperdicio.

Esta palabras han sido dibujadas, en varios borradores con tachones y sobreescrituras, por una pluma Faber Castell en un cuaderno  Moleskine punteado, en la terraza de mi casa a una temperatura estupenda. Un desperdicio.

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