Aprendizaje no vida
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Aprendizaje no vida

Aprendizaje no vida

Estamos inmersas en un sinfín de actividades y seudoactividades que nos tienen entretenidas todo el tiempo. Éstas se vinculan, de manera preponderante, a determinados usos de la tecnología. Y con una predisposición de toques mágicos, creemos que somos propietarias de todos esos momentos.

Nos sentimos ancladas y, en realidad, estamos sentadas. Navegamos a la deriva sentadas, variedad y cantidad ininterrumpidas, contenidos sin sentido y sin propósito, velocidades sin retención y sin necesidad de comprensión, brevedad e inmediatez circulantes. Así se genera la competencia de la superficialidad, con el argumento de que no se necesita nada más para vivir o, simplemente, que eso representa la vida. Las maravillas del envoltorio deslumbran.

Esta tecnología no echa raíces ni se asienta en nosotros. Es la nueva dimensión ilusoria de estar en algún lugar y en algún momento, sin estarlo; esa es su virtud.

Nos desaparece la memoria; parece no ser necesaria en este escenario. Al consumo le gusta la desmemoria, la alimenta.

El modelo propuesto se basa en el formato de todo (se presenta) y nada (se queda). Esos ruidos llenan los vacíos y la sensación reconforta.

Algunas personas necesitamos participar en un proceso de desaprendizaje, con los objetivos de eliminar el cortoplacismo, desterrar a la urgencia del consumo y distanciarse de la vorágine tecnológica.

La discusión no versa sobre la bondad o la maldad esta tecnología. La cuestión radica en qué tipo de personas queremos ser y cómo la tecnología (y sus avances) contribuye a ese propósito, como instrumento oportuno.